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- Nombre: Mario Vidal
- Ubicación: La Plata, pcia. de Buenos Aires, Argentina
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Algunos escritos personales de distintas épocas. José Mario Vidal
23.8.04
Ruidos (relato) - 6-10-99
Ruidos (Relato)
La Plata, 6 de octubre de 1999.
Para el Dr.OSCAR IPARAGUIRRE, mi odontólogo.
(Homenaje al Dr.Migliarini -Barracas- década del 50)
La semana pasada tuve que ir al dentista para revisar una muela. El diagnóstico fue feroz: se te partió al medio y hay que extraerla. Así empezaron los problemas y estas severas reflexiones sobre el sentido de la vida.
Tengo 52 tacos recién cumplidos y era la última muela que me quedaba del lado derecho de la mandíbula inferior; ignoro su nombre... molar... premolar? -no lo sé. Sólo sé que -tal como siempre- me pongo en manos de mi odontólogo, cierro los ojos y que sea lo que Dios quiera.
Cuando pronunció el diagnóstico fatal sentí que en realidad me estaba diagnosticando la edad y no pude evitar que un gordo lagrimón rodara por las mejillas de mi alma.
Después vino hacete un buche y la anestesia; debo decir que la extracción fue limpita y no sentí dolor alguno. Todo fue bien si no hubiera sido por ese ruido. Cuando hizo palanca con la tenaza que no quise ni mirar sentí un ruido, un crujido extraño y palpitante.
Es ese sonido que te cala hasta la maceta, un lejano y sordo ruido de corceles y de aceros, que sabe a hueso partido, sin dolor del cuerpo pero de alma cargado. Sentí que se me ahuecaba la vida y 52 salvas de cañones despedían a mi legendaria y querida pieza dentaria.
A esa muela ya la había trabajado el Dr. Migliarini en Barracas, en la década del 50, cuando tenía yo unos 10 años. Era la época del temible torno a cuerda, de ruido siniestro y amoral. El gigantesco y espantoso aparato de Migliarini era una máquina de torturar pibes, un insulto a la ciencia, un puñetaso a la mandíbula.
Recuerdo me la había reparado con plomo líquido y así aguantó 40 años hasta que un día cantó el basta no va más. Migliarini debió haber sido psicólogo. Nunca preguntaba si me dolía sino si me dolía "mucho". Ante la primera pregunta yo tendría que haberle respondido SI, pero ante la segunda la respuesta obligada era NO. Parece mentira pero... mi propia respuesta amenguaba el dolor.
El torno de Migliarini metía un batifondo infernal y me daban miedo esas poleas giratorias, pero en esa época no sentía ruidos en el alma. Me dolían las muelas, claro, pero era un dolor localizado y manejable. Qué te pasa pibe? -me duelen las muelas, señor. Eso era todo.
Lo mejor del consultorio del médico de Barracas era la salida: siempre recomendaba llevar al pibe a la heladería de Iriarte y Herrera y comprarle un soberano cucurucho de frutillas y chocolate. Días pasados, cuando salí del consultorio de Iparaguirre, no encontré ninguna heladería a la vista y me fui para casa. Tarde en la noche todavía me duraba la anestesia y no me podía dormir. Era ese maldito ruido que no tiene onomatopeya posible, ese triste dolor globalizado.
Los ruidos del alma son duros de aguantar; una simple muela que se cae al piso y parece que se cayera el obelisco de Buenos Aires. Es que esa muela le hace eco al cabello que se pianta, la lumbalgia reincidente, una bronquitis crónica y 2 o 3 miasmas de diverso calibre. Son los ruidos de una carrocería modelo 47; también son los signos evidentes del paso del tiempo y el devenir de la vida.
No sé si me explico... hay ruidos y ruidos. Los que metía Migliarini se solucionaban con un helado de frutilla y chocolate. ¿Cómo se solucionan los de Iparaguirre...? ¿Cómo silencio yo ese fatídico ruido que me estruja el alma, que no se va y que me visita a diario...?
(Obviamente este cuento debe terminar acá)
- Gracias Dr. Iparaguirre por su mano precisa, indolora y artesanal.
- Gracias Dr. Migliarini por su terapéutica de frutilla y chocolate.
- Gracias mamá por haberme parido hace 52 años.
