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- Nombre: Mario Vidal
- Ubicación: La Plata, pcia. de Buenos Aires, Argentina
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Algunos escritos personales de distintas épocas. José Mario Vidal
8.9.04
L'Annunciazione (L.da Vinci) - 1998
L’ANNUNCIAZIONE (Cuento)
JOSE MARIO VIDAL
28 de marzo de 1998
ESTIMADA ÉLENNA: Debo presentarme. Soy florentino y me llamo Leonardo, tengo 67 años y he visto la luz en un pueblito de La Toscana un remoto abril de 1452. Me han hablado de Usted aunque Vuesa Merced todavía no hubiera nacido. Ya mi madre -mi tan amada Caterina- solía referirse a su persona como una dama de gran talento y sensibilidad.
Viví mis mejores y fecundos años en Firenze, en una casona del Longarno d’Arcabusieri, cerca del Ponte Vecchio, sobre el fiume. Comencé a estudiar pintura y escultura a mis 13, y a los 17 entré en la academia de Andrea Verrocchio, mi maestro, allá mismo en Firenze. Compartí esos dorados años junto a mis amigos Sandro Boticcelli y el Perugino, con quienes solía ir de copas cada tanto (me han dicho que los siglos también los hicieron famosos).
Cuando comencé a pintar L’Annunciazione en el taller del Verrocchio era el año de 1475 y tenía yo 23 abriles; me la pidieron para el convento de San Bartolomeo di Monteoliveto y puse todo mi empeño en el encargo... pero muy temprano empezaron los problemas. Quiero consultarla como psicóloga acerca del lirion iridio que le he puesto al arcángel San Gabriel en su mano izquierda.
Ya se habrá dado cuenta que la cara del arcángel es la mía en espejo. Sepa disculpar lo que en su siglo llaman narcisismo pero los artistas de aquella mi época padecíamos de egolatría. Hoy leo en los periódicos vespertinos que en el siglo XX padecen de lo mismo.
Ya se habrá dado cuenta que la cara del arcángel es la mía en espejo. Sepa disculpar lo que en su siglo llaman narcisismo pero los artistas de aquella mi época padecíamos de egolatría. Hoy leo en los periódicos vespertinos que en el siglo XX padecen de lo mismo.
El motivo de mi consulta es una cierta duda tan enigmática como persistente acerca de un detalle de L’Annunciazione, que en su momento no pude resolver y que aún hoy me atormenta: inicialmente yo pensé y sentí que el arcángel debería portar una vara de nardus índico, pero algo muy profundo me impidió dibujarla sin saber muy bien porqué. No le cuento nada que Vuesa Merced no sepa. Me ha pasado muchas veces que un primer movimiento del alma me lleva a hacer algo que luego misteriosamente no prospera. Me ocurrió con el armiño de Cecilia Gallerani (había pensado en una marta cibelina) y con un pequeño detalle de la Ultima Cena que nadie ha advertido todavía.
Usted sabrá que mi nombre propio le hace resonancia a esa flor de la que le hablaba. Ignoro si es ese el motivo de mi inhibición o algún otro. Recuerdo vívidamente que de muy chico mi madre me llamaba cariñosamente "Nardo".
El hecho es que finalmente el nardo cayó de mi dibujo como cae un gorrión herido y en su lugar pinté un lirio. Ese pequeño detalle se me volvió obsesión y me ha descabalado hasta la fecha. Estoy en deuda con mi obra y con la humanidad; vivo atormentado y le pido ayuda.
El hecho es que finalmente el nardo cayó de mi dibujo como cae un gorrión herido y en su lugar pinté un lirio. Ese pequeño detalle se me volvió obsesión y me ha descabalado hasta la fecha. Estoy en deuda con mi obra y con la humanidad; vivo atormentado y le pido ayuda.
El Dr. Freud, con quien acostumbro conversar cada tanto, me dio su dirección para que la consulte. Me dijo que le acompañe un breve racontto de mi vida, cosa que estoy haciendo. También me sugirió que dejara volar mis recuerdos libremente. El opina que esa pintura es fuertemente edípica (¿?). Creo que no quiso atenderme personalmente... anda muy en sus cosas... algo comentó de que está revisando El Moisés... bueno, no importa; desde ya Élenna le agradezco su gentileza y espero su respuesta. En algún rincón del vasto universo un buen y augusto día nos encontraremos todos los humanos a la vez. El tiempo ya habrá dado toda su vuelta y nos podremos ver las caras y conversar un rato. Será el magnífico tempo di la resurrezione. Ese día le voy a poder agradecer lo que haya hecho por mí.
Las flores que alfombran el paseo del ángel son por mí muy conocidas: el Ornithogalum Umbellatum y la Anemone Nemorosa; son las que acariciaban mis descalzos pies de niño en mi querido Vinci natal. El tema del pupitre pude resolverlo luego de muchas dilaciones. Lo dibujé con bravura y motivos naturales hasta en sus menores detalles (le confieso que parece el sarcófago mediceo). La mano izquierda de la Virgen figura un mudra de aceptación del destino. En cuanto a su mano derecha, la que se detiene en las hojas del libro que lee, intenté imprimirle el paso delicado de las hojas. Usted no sabe cuánto me costó lograr esa mano; fueron noches y más noches de dibujos y más dibujos, quise haber estado en ese lugar que la imaginación me dictaba.
Los muros geométricos y almohadillados de la derecha son mi homenaje a las ciencias exactas, de las cuales soy tributario. Amo las matemáticas y la astronomía; la física y la hidráulica. También la botánica y la pintura. Ya ni sé qué es lo que no amo.
En las alas del ángel he intentado dibujar el vuelo del hombre; aunque le parezca mentira yo concebí el avión y el paracaídas. Amé por sobre todas las cosas las alas de los pájaros.
Los muros geométricos y almohadillados de la derecha son mi homenaje a las ciencias exactas, de las cuales soy tributario. Amo las matemáticas y la astronomía; la física y la hidráulica. También la botánica y la pintura. Ya ni sé qué es lo que no amo.
En las alas del ángel he intentado dibujar el vuelo del hombre; aunque le parezca mentira yo concebí el avión y el paracaídas. Amé por sobre todas las cosas las alas de los pájaros.
Fui inventor y me entretuve en fabricar delirios, todos los que la imaginación me impuso por curso y destino. En el siglo en el que Usted habita ya se han olvidado de mí, pero soy el que dio origen al tornillo, el helicóptero, la ametralladora, el carro de asalto, la máquina de hilar... volátiles aspavientos de mi frondosa imaginación juvenil.
Pinté entre otras obras La Virgen de las Rocas, el Santa Ana, la Gioconda, la Belle Ferronniere; el Bautismo de Cristo, la Adoración de Los Magos... los 4 primeros los vio Usted en El Louvre y los otros 2 en Uffizi. Dicen que hoy en día valen fortunas y que son maravillas; no me parece ni lo uno ni lo otro. La mayor parte de las cosas que realicé se han perdido, tal vez afortunadamente.
Cuando algún día muy previo al siglo XXI Vuesa Merced le regale una copia de mi cuadro a su amigo M, él sabrá desde siempre lo que está recibiendo. Mientras lo pintaba recuerdo lo intuía a mi lado observando mis pinceladas y velando mis inseguridades. El 3º de los 4 cupressus sempervirens se lo pinté para él aunque él todavía no lo sepa. Nobleza obliga, él me refiere en sus cuentos literarios y yo le respondo con mis pinturas. Sé perfectamente que hay una ley de correspondencias que engloba los siglos y distribuye las cosas.
Hay una sabiduría del intercambio, que no manejamos; es la enseñanza que me dejó Caterina, mi madre.
Hay una sabiduría del intercambio, que no manejamos; es la enseñanza que me dejó Caterina, mi madre.
Ese sabio de su siglo -caro a Usted- me dedicó un estudio sobre el supuesto buitre del Santa Ana. Me refiero a Sigmund Freud, el austríaco bajito y malgeniado. Lo he conocido acá en el cielo y ya le comenté fue el que me derivó a Vuesa Merced. El hombre insiste en que soy un neurótico obsesivo, redimido y sublimado... no sé, una idea demasiado racional para mi gusto, aunque yo sea un matemático de pura cepa y él un hombre de gran talento poético. También me han informado que un tal Lacan habla del dedo levantado del San Juan de Leonardo. Ese cuadro, Élenna, lo pinté entre gallos y medianoches; no tiene caso dedicarse nadie a él (es otro espejismo de mi alma). Si la memoria no me traiciona lo hice alrededor del año 1515, a mis 63 años.
En cierta oportunidad quise llevar al lienzo la saga del evangelista Marcos. Ahí me volvió a pasar lo de siempre: me trabé al llegar al león y terminé por abandonar el intento; finalmente lo tiré a la basura. ¿Se da cuenta Élenna que me pasaba siempre lo mismo... ? "Pax Tibi Marc. Evang. Meus"... para Leonardo no hubo paz sobre la tierra; tampoco la hay en el cielo.
He viajado mucho, siempre a pedido de mis mecenas. Conocí Pavía, Milano, Venezia, Mántova, Urbino, Pisa, Siena... Me entretuve haciendo fortificaciones, murallas y represas en todo el centro y norte de Italia. Di altura y rienda suelta a mi inventiva; lamentablemente casi siempre tuvo que ser al servicio de la guerra.
Tuve y tengo un carácter indeclinablemente depresivo e inconstante; casi nunca termino lo que empiezo. Mis culpas y obsesiones me atormentan la vida. No soy dedicado a hombres ni mujeres y soy poco sociable aunque de espíritu calmo y pacífico. Me ha costado mucho armonizar mi corazón con mi intelecto, y más aún el arte con la ciencia; lo he intentado pero poco he conseguido al respecto. El Gran Secreto está en el claroscuro intermedio, en la ambigüa posición del hombre entre lo horrible y lo exquisito, lo cierto y lo ilusorio.
En 1517, ya con los 65 a cuestas, el rey Francisco I de Francia me asignó la residencia del palacio de Clos-Lucé, a orillas del Loira, cerca de Amboisse. Me otorgó el título de "Primer Pintor, Arquitecto e Ingeniero del Rey". En ese lugar conocí La Muerte, el mejor de mis cuadros, la más bella de mis madonnas. En los jardines de ese palacio me dediqué a cultivar lirios y nardos.
Me fui de este magnífico valle de goces y lágrimas el 2 de mayo de 1519, asistido por mi querido amigo Melzi y teniendo yo 67 años y una muy larga barba. Depusieron mis restos mortales en Amboisse, en el claustro de la Capilla Real de San Florentín. Me han comentado que nadie registró el preciso lugar de mi tumba y el exacto sitio se perdió entonces para siempre. Mejor así, si no me hubieran turbado el descanso con flores y monumentos. Como ha dicho aquel Don JLBorges de su Río de La Plata... "lo mejor es el olvido".
Los tantos avatares del destino hicieron que L’Annunciazione fuera a parar a la Galería degli Uffizi. Mal hubiera querido yo que mi ópera prima estuviera en las alcobas de Cosme I, pero así es la vida; el último destino no es de los que nos vamos sino de los que quedan, ellos tienen que decidir qué hacer con uno y con lo que se deja.
Dele mis saludos a su pequeño hijo, que contempló admirado mis cuadros y lo he visto maravillarse con esa ragazza de 28 años que pinté allá por el 1505: la napolitana Lisa di Gherardini, esposa de Francesco del Giocondo; la que me complicó el alma aunque yo no haya sido afecto a las mujeres. Estuve enamorado de ella porque el amor iluminó mis días como el sol los campos de trigo. Si de algo no me he privado es de haber amado todo lo que conocía.
Recuerdo que a Monna la pinté con intermitencias durante varios años -siempre al atardecer- en mi taller frente al Arno, mano a mano la una y el otro. No quería terminar la obra para que no se fuera. Casi no conversábamos, era solo un grácil juego de miradas y pinceles: el destello de sus ojos y su enigmática sonrisa que tanto me recordaban lejanamente a mi querida Caterina. Solo su presencia, el paisaje, su alma de mujer... y su pintor. Estuve fuertemente encantado de ella, al punto que nunca quise desprenderme del retrato y lo he portado junto hasta el último día de mi vida (ahora lo conservan en El Louvre). Le confieso que a su esposo también le gustó, lo observé mirándola y me di cuenta enseguida (por favor, no se ponga celosa). Mi amor por esa muchacha fue un hecho estético, una bella poesía, una paloma en vuelo.
Recuerdo que a Monna la pinté con intermitencias durante varios años -siempre al atardecer- en mi taller frente al Arno, mano a mano la una y el otro. No quería terminar la obra para que no se fuera. Casi no conversábamos, era solo un grácil juego de miradas y pinceles: el destello de sus ojos y su enigmática sonrisa que tanto me recordaban lejanamente a mi querida Caterina. Solo su presencia, el paisaje, su alma de mujer... y su pintor. Estuve fuertemente encantado de ella, al punto que nunca quise desprenderme del retrato y lo he portado junto hasta el último día de mi vida (ahora lo conservan en El Louvre). Le confieso que a su esposo también le gustó, lo observé mirándola y me di cuenta enseguida (por favor, no se ponga celosa). Mi amor por esa muchacha fue un hecho estético, una bella poesía, una paloma en vuelo.
Bueno, me voy despidiendo. Mañana tengo que volver a meditar en mi Annunciazione. Debo dedicarme a imaginar ese nardo que no pudo ser y que reemplacé por un lirio... siempre me gustó pintar al atardecer, cuando las sombras le ponen suaves grises al alma. En los reflejos cambiantes de la luz, en la sombra que vela y rodea al misterio, en el sfumato que modela delicadamente los contornos, he intentado encontrar y develar el secreto de la vida. No sé si lo he conseguido Élenna, pero no importa; el intento lo vale todo.
No quiero cansarla con tanta palabra. Sepa disculparme si me he excedido. Dios quiera Usted desde su época pueda comprender a este Leonardo que aguarda en el cielo. Cuando los siglos se cierren en sí mismos podremos vernos y conversar. Espero su intervención.
La saludo, Élenna.
Leonardo da Vinci
PD: 2 de abril de 1998. Usted sabe como es ésto del cielo: habiendo pasado casi 5 siglos de residencia en él, y a pocos días de terminada esta carta, abrieron una moratoria. Le pedí audiencia a San Pedro y negocié mi salida. Me agradeció ese gesto colérico y esa mano derecha empuñando cuchillo que le asigné en La Cena del refectorio de Santa María delle Grazie; a cambio me ofreció un deseo a conceder. Le dije que quería volver a Firenze -a mis 23 años- cuando estaba pintando L’Annunciazione, para ver si la podía modificar. Aceptó mi pedido y ahora deambulo por mi ciudad buscando posada (estoy en tratos por una piecita en el Borgo San Lorenzo, a pasos del Duomo). En cuanto arregle mis cosas iré a Uffizi a retirar mi cuadro, ese que le dediqué a la Virgen María, la madre del Señor. No descarto Élenna tomar un avión a Buenos Aires y llegarme hasta su consultorio de La Plata; ahora es fácil viajar por el planeta y necesito verla. Si un cercano día de Dios le golpean la puerta, alguien se anuncia preguntando por Vuesa Merced, y le dice -"Leonardo"- sepa que un humilde pintor estará buscando sus servicios profesionales.
Leonardo da Vinci.
Borgo San Lorenzo N 24. Firenze. Toscana. Italia.
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Leonardo da Vinci (1452-1519), artista florentino y uno de los grandes maestros del renacimiento, famoso como pintor, escultor, arquitecto, ingeniero y científico. Su profundo amor por el conocimiento y la investigación fue la clave tanto de su comportamiento artístico como científico. Sus innovaciones en el campo de la pintura determinaron la evolución del arte italiano durante más de un siglo después de su muerte; sus investigaciones científicas —sobre todo en las áreas de anatomía, óptica e hidráulica— anticiparon muchos de los avances de la ciencia moderna.
Los comienzos en Florencia
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Leonardo da Vinci (1452-1519), artista florentino y uno de los grandes maestros del renacimiento, famoso como pintor, escultor, arquitecto, ingeniero y científico. Su profundo amor por el conocimiento y la investigación fue la clave tanto de su comportamiento artístico como científico. Sus innovaciones en el campo de la pintura determinaron la evolución del arte italiano durante más de un siglo después de su muerte; sus investigaciones científicas —sobre todo en las áreas de anatomía, óptica e hidráulica— anticiparon muchos de los avances de la ciencia moderna.
Los comienzos en Florencia
Leonardo nació el 15 de abril de 1452 en el pueblo toscano de Vinci, próximo a Florencia. Hijo de un rico notario florentino y de una campesina, a mediados de la década de 1460 la familia se instaló en Florencia, donde Leonardo recibió la más exquisita educación que esta ciudad, centro artístico e intelectual de Italia, podía ofrecer.
Leonardo era elegante, persuasivo en la conversación y un extraordinario músico e improvisador. Hacia 1466 acude a formarse al taller de Andrea del Verrocchio, figura principal de su época en el campo de la pintura y escultura. Junto a éste, Leonardo se inicia en diversas actividades, desde la pintura de retablos y tablas hasta la elaboración de grandes proyectos escultóricos en mármol y bronce. En 1472 entra a formar parte del gremio de pintores de Florencia y en 1476 todavía se le menciona como ayudante de Verrocchio, en cuya obra El bautismo de Cristo (c. 1470, Uffizi, Florencia), pintó el ángel arrodillado de la izquierda y el paisaje de matices neblinosos.
En 1478 Leonardo alcanzó la maestría. Su primer encargo, un retablo para la capilla del Palazzo Vecchio, del ayuntamiento florentino, no llegó a ejecutarse. Su primera gran obra, La adoración de los Magos (Uffizi), que dejó inacabada, se la encargaron los monjes de San Donato de Scopeto, cerca de Florencia, hacia 1481. Otras obras de su etapa juvenil son la denominada Madonna Benois (c. 1478, Ermitage, San Petersburgo), el retrato de Ginebra de Benci (c. 1474, Galería Nacional, Washington) y el inacabado San Jerónimo (c. 1481, Pinacoteca Vaticana).
Los años en Milán
Los años en Milán
En 1482 Leonardo entra al servicio de Ludovico Sforza, duque de Milán, tras haberle escrito una carta en la que el artista se ofrecía como pintor, escultor, arquitecto, además de ingeniero, inventor e hidráulico y donde afirmaba que podía construir puentes portátiles, que conocía las técnicas para realizar bombardeos y el cañón, que podía hacer barcos así como vehículos acorazados, catapultas y otras máquinas de guerra y que incluso podía realizar esculturas en mármol, bronce y terracota. De hecho, sirvió al duque como ingeniero en sus numerosas empresas militares y también como arquitecto. Además, ayudó al matemático italiano Luca Pacioli en su célebre obra La divina proporción (1509).
Existen evidencias de que Leonardo tenía discípulos en Milán, para los cuales probablemente escribió los textos que más tarde agruparía en su Tratado de pintura (1651). La obra más importante del periodo milanés son las dos versiones de la Virgen de las rocas (1483-1485, Louvre, París; década de 1490-1506-1508, National Gallery, Londres), donde aplica el esquema compositivo triangular que encierra a la Virgen, el Niño, san Juan y el ángel, y por otro lado, utiliza por primera vez la técnica del sfumato (ver definición en el apartado la obra pictórica). De 1495 a 1497 trabaja en su obra maestra La última cena, pintura mural para el refectorio del monasterio de Santa Maria delle Grazie, Milán. Desgraciadamente, su empleo experimental del óleo sobre yeso seco provocó problemas técnicos que condujeron a su rápido deterioro hacia el año 1500. Desde 1726 se llevaron a cabo intentos fallidos de restauración y conservación y en 1977 se inició un programa haciendo uso de las más modernas tecnologías, como consecuencia del cual se han experimentado algunas mejoras. Aunque la mayor parte de la superficie original se ha perdido, la grandiosidad de la composición y la penetración fisionómica y psicológica de los personajes dan una vaga visión de su pasado esplendor.
Durante su larga estancia en Milán, Leonardo también realizó otras pinturas y dibujos (la mayoría de los cuales no se conservan), escenografías teatrales, dibujos arquitectónicos y modelos para la cúpula de la Catedral de Milán. Su mayor encargo fue el monumento ecuestre en bronce a tamaño colosal de Francesco Sforza, padre de Ludovico, para su ubicación en el patio del castillo Sforzesco. Sin embargo, en diciembre de 1499, la familia Sforza fue expulsada de Milán por las tropas francesas. Leonardo dejó la estatua inacabada (fue destruida por los arqueros franceses que la usaron como diana) y regresó a Florencia en 1500. De esta primera etapa milanesa también cabe citar algunos retratos femeninos como el de La dama del armiño (Museo Czartoryski, Cracovia).
Retorno a Florencia
Retorno a Florencia
Durante su estancia en Florencia, viaja un año a Roma. En 1502 Leonardo entra al servicio de César Borgia, duque de Romaña, hijo del papa Alejandro VI. En su calidad de arquitecto e ingeniero mayor del duque, Leonardo supervisa las obras en las fortalezas de los territorios papales del centro de Italia. En 1503, ya en Florencia, fue miembro de la comisión de artistas encargados de decidir sobre el adecuado emplazamiento del David de Miguel Ángel (1501-1504, Academia, Florencia), y también ejerció de ingeniero en la guerra contra Pisa. Al final de este año comenzó a planificar la decoración para el gran salón del Palacio de la Signoria con el tema de la batalla de Anghiari, victoria florentina en la guerra contra Pisa. Realizó numerosos dibujos y completó un cartón en 1505, pero nunca llegó a realizar la pintura en la pared. El cartón se destruyó en el siglo XVII, conociéndose la composición a través de copias como la que realizó Petrus Paulus Rubens.
Durante su segundo periodo florentino, Leonardo pintó varios retratos, pero el único que se ha conservado es el de La Gioconda (1503-1506, Louvre, París), el retrato más famoso de toda la historia de la pintura, también conocido como Monna Lisa, al identificarse a la modelo con la esposa de Francesco del Giocondo que llevaba ese nombre, aunque se han barajado varias hipótesis sobre su verdadera identidad. Si algo merece destacarse de forma especial es la enigmática sonrisa de la retratada. Parece ser que Leonardo sentía una gran predilección por esta obra ya que la llevaba consigo en sus viajes.
Última etapa de su trayectoria
Última etapa de su trayectoria
En 1506 Leonardo regresó a Milán al servicio del gobernador francés Carlos II Chaumont, mariscal de Amboise. Al año siguiente fue nombrado pintor de la corte de Luis XII de Francia, que residía por entonces en la ciudad italiana. Durante los seis años siguientes Leonardo repartió su tiempo entre Milán y Florencia, donde a menudo visitaba a sus hermanastros y hermanastras y cuidaba de su patrimonio. En Milán continuó sus proyectos de ingeniería y trabajó en el monumento ecuestre de Gian Giacomo Trivulzio, comandante de las fuerzas francesas en la ciudad. Aunque el proyecto no se llegó a finalizar, se conservan dibujos y estudios sobre el mismo.
De esta misma época parece ser la segunda versión de la Virgen de las rocas y Santa Ana, la Virgen y el Niño (c. 1506-1513, Louvre, París). Desde 1514 a 1516 Leonardo vivió en Roma bajo el mecenazgo de Giuliano de Medici, hermano del papa León X. Se alojaba en el Palacio del Belvedere en el Vaticano, ocupándose fundamentalmente de experimentos científicos y técnicos. En 1516 se traslada a Francia a la corte de Francisco I, donde pasó sus últimos años en el castillo de Cloux, cerca de Amboise, en el que murió el 2 de mayo de 1519.
La obra pictórica
La obra pictórica
Aunque Leonardo dejara gran parte de su producción pictórica inacabada, fue un artista extremadamente innovador e influyente. Al comienzo de su trayectoria su estilo es similar al de Verrocchio, pero poco a poco abandonó la manera del maestro en lo que ésta tenía de rigidez o dureza de líneas en el tratamiento de las figuras y evolucionó hacia un estilo más libre, de modelado más suave en el que incluyó efectos atmosféricos. La temprana Adoración de los Magos introduce una nueva forma de composición, en la que las figuras principales quedan reagrupadas en el primer plano, mientras que en el fondo un paisaje con ruinas imaginarias y escenas de batalla se diluye en la lejanía.
Las innovaciones estilísticas de Leonardo se hacen patentes en La última Cena, en la que recrea un tema tradicional de manera completamente nueva. En lugar de mostrar a los doce Apóstoles aislados, los presenta agrupados de tres en tres dentro de una dinámica composición. Cristo —en el momento de anunciar la traición de uno de ellos— sentado en el centro y teniendo como fondo un triple ventanal en el que un paisaje se difumina en la distancia, representa un núcleo de serenidad, mientras que los rostros y gestos de los discípulos exteriorizan el drama que supone este momento. Leonardo reintroduce, con la monumentalidad de la escena y volumen de las figuras, un estilo que ya había iniciado 30 años antes Masaccio.
La Gioconda, la obra más famosa de Leonardo, sobresale tanto por sus innovaciones técnicas como por el misterio de su legendaria sonrisa. La obra es un ejemplo consumado de dos técnicas —el sfumato y el claroscuro— de las que Leonardo fue uno de los primeros grandes maestros. El sfumato consiste en eliminar los contornos netos y precisos de las líneas y diluir o difuminar éstos en una especie de neblina que produce el efecto de inmersión en la atmósfera. En el caso de La Gioconda el sfumato se hace evidente en las gasas del manto y en la sonrisa. El claroscuro es la técnica de modelar las formas a través del contraste de luces y sombras. En el retrato que nos ocupa las sensuales manos de la modelo reflejan esa modulación luminosa de luz y sombra, mientras que los contrastes cromáticos apenas los utiliza.
Especialmente interesantes en la pintura de Leonardo son los fondos de paisaje, en los que introduce la perspectiva atmosférica (creación de efectos de lejanía aplicando el sfumato y otros recursos ambientales). Los grandes maestros del renacimiento en Florencia como Rafael, Andrea del Sarto y Fra Bartolommeo, aprendieron esta técnica de Leonardo. Asimismo, transformó la escuela de Milán y, en Parma, la evolución artística de Correggio está marcada por la obra de Leonardo.
Los numerosos dibujos que poseemos de Leonardo revelan su perfección técnica y su maestría en el estudio de las anatomías humana, de animales y plantas. Estos dibujos se encuentran repartidos por museos y colecciones europeas como la del Castillo de Windsor, Inglaterra, que constituye el grupo más numeroso. Probablemente su dibujo más famoso sea su autorretrato de anciano (c. 1510-1513, Biblioteca Real, Turín).
Dibujos escultóricos y arquitectónicos
Dibujos escultóricos y arquitectónicos
A causa de que ninguno de los proyectos escultóricos de Leonardo fue finalizado, el conocimiento de su arte tridimensional sólo puede hacerse a través de sus dibujos. Idénticas consideraciones pueden aplicarse a su arquitectura. Sin embargo, en sus dibujos arquitectónicos, demuestra maestría en la composición de masas, claridad de expresión y fundamentalmente, un profundo conocimiento de la antigüedad romana.
Proyectos científicos y teóricos
Proyectos científicos y teóricos
Leonardo destacó por encima de sus contemporáneos como científico. Sus teorías en este sentido, de igual modo que sus innovaciones artísticas, se basan en una precisa observación y documentación. Comprendió, mejor que nadie en su siglo y aún en el siguiente, la importancia de la observación científica rigurosa.
Desgraciadamente, del mismo modo que frecuentemente podía fracasar a la hora de rematar un proyecto artístico, nunca concluyó sus planificados tratados sobre una diversidad de materias científicas, cuyas teorías nos han llegado a través de anotaciones manuscritas. Los descubrimientos de Leonardo no se difundieron en su época debido a que suponían un avance tan grande que los hacía indescifrables, hasta tal punto que, de haberse publicado, hubieran revolucionado la ciencia del siglo XVI. De hecho, Leonardo anticipa muchos descubrimientos de los tiempos modernos. En el campo de la anatomía estudió la circulación sanguínea y el funcionamiento del ojo.
Realizó descubrimientos en meteorología y geología, conoció el efecto de la luna sobre las mareas, anticipó las concepciones modernas sobre la formación de los continentes y conjeturó sobre el origen de las conchas fosilizadas. Por otro lado, es uno de los inventores de la hidráulica y probablemente descubrió el hidrómetro; su programa para la canalización de los ríos todavía posee valor práctico. Inventó un gran número de máquinas ingeniosas, entre ellas un traje de buzo, y especialmente sus máquinas voladoras, que, aunque sin aplicación práctica inmediata, establecieron algunos principios de la aerodinámica.
Un creador en todas las ramas del arte, un descubridor en la mayoría de los campos de la ciencia, un innovador en el terreno tecnológico, Leonardo merece por ello, quizá más que ningún otro, el título de Homo universalis.
