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- Nombre: Mario Vidal
- Ubicación: La Plata, pcia. de Buenos Aires, Argentina
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Algunos escritos personales de distintas épocas. José Mario Vidal
24.1.11
Mi piedra muda (relato)
En recuerdo de mis amigos Ruth Schenkel i José Luis Gagna,
que nos acompañaron en Winay Wayna aquel día de 1971 .
MV
Esta mañana cuando me desperté quise llamar a la perra, que andaba por el patio, pero no obstante haber articulado los labios ninguna palabra salió de mi boca. Me había quedado mudo, de mudéz total i definitiva. Cuando hube constatado la retirada del habla de mi boca me vino a la cabeza el sueño que acababa de tener. Un sueño sin retorno i esa irreductible mudéz que paga el justo precio del saber revelado.
Tengo entre mis cosas guardadas un pedazo de piedra. Es del tamaño de la palma de mi mano, triangular, de 10x9x9 cmts. i grosor de exáctos 2,3 cmts. Es granito i claramente está trabajada por la mano del hombre. Esta dura piedra tiene su historia. Hoy está quieta en un soporte de alambre sito en un estante de mi biblioteca. La encontré yo mismo hace casi 40 años en unas ruinas incaicas abandonadas cercanas a Machu Pichu, allá en lo alto de los Andes peruanos, allá donde la presencia del hombre cuelga de un cielo poco menos que al alcance de la mano.
El sitio: Winay Wayna, hoy ya incorporado al turismo. Son dos explanadas, arriba i abajo, conectadas por una larga escalera de piedra flanqueada por unos cuantos piletones de agua también tallados en la roca. Los piletones al llenarse de agua i por natural declive van dejando caer el líquido al que sigue i ese al otro i así hasta llegar a la terraza de abajo.
Pico de montaña, salvajura, lugar casi inaccesible, aire enrarecido, nido de cóndores; es majestuoso estar ahí, bien solo, más arriba de las nubes. I es inimaginable que a alguien se le pueda haber ocurrido habitar aquellas alturas i que haya llevado hasta ahí piedras grandes como habitaciones, las haya tallado i pudiera construir ambas ciudadelas. El misterio es sobrecogedor... ¿Quiénes fueron los que levantaron Winay Wayna? ¿por qué? ¿para qué? ¿cuántos? ¿cuándo? ... ¿cómo hicieron para tallar roca de granito cual si fuera manteca? ¿qué se hizo de ellos? ¿por qué no dejaron rastros ni testimonios...?
Mi piedra triangular de tamaño de palma de mano está tallada en ambas caras planas i uno de los cantos -el único propio o sano- tiene dos curvaturas a lo largo de sus 10 cmts. Ambas suaves curvas están en el mismo canto; digamos: una curvatura longitudinal i otra transversal.
En realidad es la punta de una piedra más grande que se rompió al caer i despidió ese fragmento roto. Cada vez que la tomo en mis manos me asombro i conmuevo... Me digo: si este pedazo de piedra hablara vaya uno a saber qué cosas contaría... me hablaría del brazo o la máquina que lo talló, me diría en qué lengua hablaban i cómo vestían los que ahí estuvieron, podría contarme de las risas i comidas, de sus cantos, de sus intenciones, sus muertes i sus vidas... Ese pedazo de granito que hoy habita mi biblioteca guarda bajo 7 llaves el secreto de un tan enorme como fantástico misterio.
En Winay Wayna la ciudadela de abajo termina en un abismo, en una roca que se asoma en punta al vacío de un valle surcado muy allá abajo por el río Urubamba. Allá abajo i a lo lejos corre chiquito un hilo de agua que visto al ras es un caudaloso río de enero en los Andes peruanos. La altura del sitio no podría ser mayor. Hay una ventana que separa la última estancia del abismo; asomarse i mirar para abajo es pegar un grito. Bueno, el tiempo medido en siglos i el trabajo de las raíces de los árboles hicieron que una pared se desestabilizara i cayeran al piso varias piedras de la parte de arriba de una de las paredes. Una pegó probablemente contra otra piedra i se partió en la punta. Esa es mi piedra, la que más de una vez me desveló la mente, la que todo lo sabe pero nunca habla, la del gran misterio de los incas i los siglos.
Es de color granito, algo así como gris o gris verdoso. En los dos cantos partidos e irregulares queda a la vista la estructura interna de la piedra: es lo mismo que un adoquín del pavimento de nuestras actuales ciudades. Paso mi dedo por el tercer canto, el tallado i liso, i una i otra vez me golpea el misterio; le pregunto: quién te talló...? ... i no responde, su alma de piedra jamás pronuncia palabra. Es como tener en la mano el Nº que va a salir en la lotería de mañana i no saber leer los números, es la impotencia de tenerlo todo ahí i no poder hacer nada.
Cuando en enero de 1971 llegué a Winay Wayna bajo lluvia torrencial las ruinas estaban tal como las dejaron sus últimos habitantes hacía ya varios siglos. Todavía guardo en mis oídos el silencio espectral que sentía en el aire, casi como escuchando los últimos pasos incaicos que abandonaron el lugar. La vegetación cubría los andenes de cultivo i las ingenieriles fuentes de agua seguían funcionando como si nada hubiera pasado. Bajé escaleras hacia la otra terraza, entré a las construcciones ya sin techo i fui hasta la última, la que hace tope con el precipicio. Me quedé ahí un rato, a sabiendas de que éramos pocos los occidentales que habían estado donde yo en ese momento y lugar estaba; miré hacia abajo un tanto asustado por el tremendo vacío que se abría bajo mis plantas i entré nuevamente en la última estancia. Ahí vi el fragmento de piedra. Me agaché, la tomé i la tiré adentro de la mochila.
Estuvo años i años guardada envuelta en papel en un galpón de la casa de mis padres; hasta que un día la reconocí, saludé y rescaté. Desde entonces la tengo conmigo a la vista, diariamente a la vista. Es muda, pero los milagros existen. Yo aguardo la noche en que mi piedra me ha de contar su historia en sueños, que para eso están los sueños, para hacer hablar a los mudos.
Cuando la tomo entre mis manos i la miro se me enciende la cabeza. No puede ser que manos humanas hayan tallado con tanta precisión tantos millones de piedras de granito. Es como si un día le dijeran a alguien del futuro que todos los mosaicos de las veredas de nuestras ciudades de ahora fueron hechos a mano; seguramente nos negaríamos a creer eso i ni siquiera lo pensaríamos como algo posible. Cómo entender el recóndito lugar donde decidieron levantar esas dos ciudadelas. Cómo transportaron semejantes piedras si hay algunas que ni con 30 mulas se podrían mover, y todo eso sin conocer la rueda. Todavía hoy no se ha podido dar respuesta a tales preguntas...
Y sin embargo... mi pequeño granito lleva grabado a fuego en su alma de piedra todas las respuestas a las preguntas que nos desvelan; sin duda que mi piedra sabe, lo sabe bajo formato de piedra, pero lo sabe. Es un testimonio viviente de la época de los incas, un dinosaurio con forma de piedra, testigo de vaya uno a saber qué montaña de cosas. Es como la memoria de una semilla de pino que contiene en sí el código genético de la planta que va a desarrollar, es memoria biológica, que no solamente la humana es la única forma del recuerdo. Las piedras también tienen una lenta memoria de su historia de piedra i de las cosas por las que han pasado.
Una de estas noches me la traigo para casa. Voy a pronunciar un conjuro que me enseñaron hace 40 años en el Cuzco, la voy a poner debajo de mi almohada i voy a conciliar el sueño. Recuerdo que un viejo indio cuzqueño me aseguró que todos los que proceden así, al despertar ya están en posesión del secreto. También me dijo que ignora por qué a partir de ahí todos pierden el habla y para colmo ya ni su nombre pueden pronunciar.
Anoche lo hice. Me la traje en el bolsillo de la chaqueta i la puse en mi cama debajo de la almohada. Antes de conciliar el sueño coloqué mi mano izquierda sobre ella i lentamente pronuncié en lengua quechua las 36 palabras que me dictara el viejo indio casi 40 años atrás. Cuando desperté ya era de día, entonces me iluminó la cabeza en terrible flash un sueño que me develaba toda la historia del pueblo incaico i sus construcciones; puedo asegurar que en un segundo lo vi todo, tal como si aquello fuera ahora i yo estuviera ahí en presencia. El sueño -más que un sueño fue una revelación- se sostuvo en el aire como gota de mar que salpica antes de volver a la masa de agua; luego desapareció. Fue en ese momento cuando quise llamar a la perra que andaba por el patio... -No puedo firmar el relato porque ya no recuerdo mi nombre, pero no importa, es el costo. Ahora sé.
(Ver winay wayna en Google imágenes)
Comments:
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Te felicito, Mario!! Muy lindo, y muy bien escrito. Espero que no se el único......Un abrazo. Daniel.
Claro, ahora sabés en tanto no sabés otras nimiedades, como tu nombre, palabras, el habla. Una sabiduría le roba a otras sabidurías. ¿Es el precio, no? El silencio.
Bueno, me gustó el relato. Lo leí y me quedé muda. ja!!! Beso!!
Bueno, me gustó el relato. Lo leí y me quedé muda. ja!!! Beso!!
Hola Mario.
Me encantó tu relato,especialmente porque me gusta los enigmas y está redactado de una forma amena y poética.
Elba
Me encantó tu relato,especialmente porque me gusta los enigmas y está redactado de una forma amena y poética.
Elba
Muy bueno. Debería publicarlo sin pedir permiso ya que el autor es un ladrón de patrimonios culturales, pero, no obstante, para no romper relaciones diplomáticas pido vuestra autorización y que me explique que cómo siendo obsesivo de la ortografía en su texto aparece la i donde debería ir la ye.
Perdiste el habla y te creció la oreja como buen psicoanalista.
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Perdiste el habla y te creció la oreja como buen psicoanalista.
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