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- Nombre: Mario Vidal
- Ubicación: La Plata, pcia. de Buenos Aires, Argentina
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Algunos escritos personales de distintas épocas. José Mario Vidal
3.1.17
Lorenzo Lotto, pintor veneciano
Enero 2017
En enero del 2004, estando en Venecia, fui a visitar la Galleria Dell Academia, un importante museo de pintura sito a la altura del Ponte Della Academia, del otro lado del canal y pegado al gran canal.
En aquella época escribí lo siguiente...
Preguntando dimos al fin con Il Ponte dell’Accademia que estaba ahí nomás, lo cruzamos y entramos a la galería de arte que habíamos ido a ver. Creía que conocía los principales museos de arte del mundo con excepción de algunos pocos. Cuando entré hoy en L’Accademia de Venezia me di cuenta que estaba equivocado. Conozco El Louvre y el D’Orsay de París; la Gallería degli Uffizzi y La Academia en Florencia; el Metropolitan Museum, el MoMA y el Guggenheim de New York; El Prado, el Reina Sofía y el Thysen Bornemiza de Madrid; los fastuosos palacios vaticanos de Roma, el Palazzo Ducale de Venezia y otros que ahora no me vienen a la cabeza. Afirmo ahora con certeza que entrar a visitar la Gallería dell’Accademia me voló el mate por los aires, me sacó la cabeza.
Estuvimos dentro más de tres horas recorriendo las 24 salas que atestiguan lo mejor del arte veneziano del Trecento al Settecento.
Está atestada de espectaculares pinturas de Paolo Caliari detto Veronese (1528-1588), Jacopo Robusti detto Tintoretto (1519-1594), Jacopo Negretti detto Palma Il Vecchio (1480-1518), Giovanni Antonio de Sacchis detto Il Pordenone (1483-1539), Leandro da Ponte detto Bassano (1557-1622), Giambattista Tiépolo (1696-1770), Bernardo Strozzi (1581-1644), Luca Giordano (1634-1703), Andrea Mantegna, Vittore Carpaccio, Piero della Francesca, Jacopo Bellini, Giovanni Bellini, Il Giorgione, Tizziano Vechelio, Giambattista Cima da Conegliano, Lorenzo Lotto, Francesco Zuccarelli, Giannantonio Guardi, Pietro Longhi, París Bordone... en fin... la flor y nata de la pintura veneziana, todos juntos en pilas de cuadros a cual más lindo, refinado y esplendoroso. Si les gusta el arte y vienen a Venezia ya saben adónde tienen que ir, es simplemente im-per-di-ble.
Voy a dejar acá; mañana seguiré contando cómo siguió el viaje de hoy a Venezia, se ha hecho tarde y hay que ir a dormir. Me despido con un interesante artículo sobre el tema que me ocupa. Mario
/////////////////
Habría que ir veinte días seguidos un par de horas por vez pero a menos que vivas en Venezia es imposible. Cobran la entrada Euros 9 lo cual para nosotros los argentinos es hoy una fortuna (lo único: no te cobran el guardarropa). Tratamos de aprovechar la visita todo lo que pudimos más que lo que quisimos y luego de tres horas y pico salimos con la cabeza hecha un terremoto. Es el inconveniente insalvable de todo mega-museo, salís de adentro medio loco y lleno de colores, cansado y confundido, ahogado buscando un poco de aire fresco. Bueno… hicimos lo que pudimos.
Como anécdota refiero que vi tres impresionantes cuadros muy grandes (había muchos así); uno del Veronese llamado “Convito a casa di Leví” de 13 metros por 5.60 (!!!); otro del Tizziano Vecellio de 3.35 por 7.75 titulado “Presentazione di María al Tempio”; y el tercero el “Martirio di San Marco” obra de Giovanni Bellini de 3.62 por 7.71 metros.
También retuve algunos otros, en especial “Ritratto di giovane gentiluomo nel suo studio” de Lorenzo Lotto pintado en 1528, muy bello y de una especial y enigmática intensidad psicológica; y un robusto y apuesto “San Giovanni Batistta” del Tiziano. En fin… que la riqueza de esas telas no tiene precio material, son legados de la cultura para los tiempos. Muchas de ellas son religiosas pero hay otras que pintan la vida cotidiana de la Venezia del Renacimiento y dan una clara idea de cómo se vestía la gente, qué comían, qué hacían y cómo vivían; eso es muy interesante.
A mi también me atrajo el cuadro del jóven leyendo de Lorenzo Lotto y me quedé un rato largo mirándolo frente a frente; debo decir que es francamente fantástico. Uno se devana las neuronas y el sentimiento para adivinar qué piensa o siente el muchacho... Es enigmático, interrogante. Mira pero no mira, está en pausa, algo tiene adentro que lo mantiene en suspensión.
Al salir me traje una cartolina, que la tengo desde entonces expuesta en mi consultorio y que espera a que me decida a hacer un cuadrito. Mientras tanto, hace algunos años encontré un texto en internet, un pequeño ensayo del mismo cuadro, escrito por Marina Gasparini. Lo copio aquí debajo. Yo tampoco quiero que se pierda la memoria de Lotto ni la del muchacho de la mirada triste y ensimismada.
En enero del 2004, estando en Venecia, fui a visitar la Galleria Dell Academia, un importante museo de pintura sito a la altura del Ponte Della Academia, del otro lado del canal y pegado al gran canal.
En aquella época escribí lo siguiente...
Preguntando dimos al fin con Il Ponte dell’Accademia que estaba ahí nomás, lo cruzamos y entramos a la galería de arte que habíamos ido a ver. Creía que conocía los principales museos de arte del mundo con excepción de algunos pocos. Cuando entré hoy en L’Accademia de Venezia me di cuenta que estaba equivocado. Conozco El Louvre y el D’Orsay de París; la Gallería degli Uffizzi y La Academia en Florencia; el Metropolitan Museum, el MoMA y el Guggenheim de New York; El Prado, el Reina Sofía y el Thysen Bornemiza de Madrid; los fastuosos palacios vaticanos de Roma, el Palazzo Ducale de Venezia y otros que ahora no me vienen a la cabeza. Afirmo ahora con certeza que entrar a visitar la Gallería dell’Accademia me voló el mate por los aires, me sacó la cabeza.
Estuvimos dentro más de tres horas recorriendo las 24 salas que atestiguan lo mejor del arte veneziano del Trecento al Settecento.
Está atestada de espectaculares pinturas de Paolo Caliari detto Veronese (1528-1588), Jacopo Robusti detto Tintoretto (1519-1594), Jacopo Negretti detto Palma Il Vecchio (1480-1518), Giovanni Antonio de Sacchis detto Il Pordenone (1483-1539), Leandro da Ponte detto Bassano (1557-1622), Giambattista Tiépolo (1696-1770), Bernardo Strozzi (1581-1644), Luca Giordano (1634-1703), Andrea Mantegna, Vittore Carpaccio, Piero della Francesca, Jacopo Bellini, Giovanni Bellini, Il Giorgione, Tizziano Vechelio, Giambattista Cima da Conegliano, Lorenzo Lotto, Francesco Zuccarelli, Giannantonio Guardi, Pietro Longhi, París Bordone... en fin... la flor y nata de la pintura veneziana, todos juntos en pilas de cuadros a cual más lindo, refinado y esplendoroso. Si les gusta el arte y vienen a Venezia ya saben adónde tienen que ir, es simplemente im-per-di-ble.
Voy a dejar acá; mañana seguiré contando cómo siguió el viaje de hoy a Venezia, se ha hecho tarde y hay que ir a dormir. Me despido con un interesante artículo sobre el tema que me ocupa. Mario
/////////////////
Habría que ir veinte días seguidos un par de horas por vez pero a menos que vivas en Venezia es imposible. Cobran la entrada Euros 9 lo cual para nosotros los argentinos es hoy una fortuna (lo único: no te cobran el guardarropa). Tratamos de aprovechar la visita todo lo que pudimos más que lo que quisimos y luego de tres horas y pico salimos con la cabeza hecha un terremoto. Es el inconveniente insalvable de todo mega-museo, salís de adentro medio loco y lleno de colores, cansado y confundido, ahogado buscando un poco de aire fresco. Bueno… hicimos lo que pudimos.
Como anécdota refiero que vi tres impresionantes cuadros muy grandes (había muchos así); uno del Veronese llamado “Convito a casa di Leví” de 13 metros por 5.60 (!!!); otro del Tizziano Vecellio de 3.35 por 7.75 titulado “Presentazione di María al Tempio”; y el tercero el “Martirio di San Marco” obra de Giovanni Bellini de 3.62 por 7.71 metros.
También retuve algunos otros, en especial “Ritratto di giovane gentiluomo nel suo studio” de Lorenzo Lotto pintado en 1528, muy bello y de una especial y enigmática intensidad psicológica; y un robusto y apuesto “San Giovanni Batistta” del Tiziano. En fin… que la riqueza de esas telas no tiene precio material, son legados de la cultura para los tiempos. Muchas de ellas son religiosas pero hay otras que pintan la vida cotidiana de la Venezia del Renacimiento y dan una clara idea de cómo se vestía la gente, qué comían, qué hacían y cómo vivían; eso es muy interesante.
A mi también me atrajo el cuadro del jóven leyendo de Lorenzo Lotto y me quedé un rato largo mirándolo frente a frente; debo decir que es francamente fantástico. Uno se devana las neuronas y el sentimiento para adivinar qué piensa o siente el muchacho... Es enigmático, interrogante. Mira pero no mira, está en pausa, algo tiene adentro que lo mantiene en suspensión.
Al salir me traje una cartolina, que la tengo desde entonces expuesta en mi consultorio y que espera a que me decida a hacer un cuadrito. Mientras tanto, hace algunos años encontré un texto en internet, un pequeño ensayo del mismo cuadro, escrito por Marina Gasparini. Lo copio aquí debajo. Yo tampoco quiero que se pierda la memoria de Lotto ni la del muchacho de la mirada triste y ensimismada.
DE LORENZO LOTTO, EL PINTOR QUE PARECIERA NO HABER EXISTIDO NUNCA
El joven de la Accademia de Venezia
Ni siquiera la muerte libró a Lorenzo Lotto del olvido y la indiferencia. La errancia y la soledad que acompañaran en vida al pintor veneciano, llamado "la flor más rara del Renacimiento", parecieran haber signado su obra: más de trescientos años sumida en el silencio. Sin embargo, una vez descubierta al espectador por Berenson, a través de una monografía publicada en 1895, no ha cesado de encontrar entusiasmados seguidores, como Marina Gasparini, quien queda atrapada en la mirada triste del joven, de nombre desconocido, cuyo retrato reposa en la Gallerie dell’Accademia de Venezia
Con la llegada del otoño Venezia recupera su intimidad. Los cielos blancos, el acqua alta y la llovizna persistente, nos sumergen en una ciudad que se repliega sobre sí misma. Con el verano todavía a las espaldas y la neblina en el horizonte, vemos cómo la nueva estación comienza a hacer su entrada. El día se hace más corto y la luz menos hiriente. La niebla arropa a la Serenissima cubriéndola de un vaporoso manto blanco mientras la cadencia repetida de las sirenas señalan que es necesario escucharlas para ver. Sin prisa, Venezia se viste de invierno. Los primeros fríos vacían la plaza, y en la soledad otoñal de la ciudad dormida, las campanas de San Marco dan la medianoche. Una mirada me acompaña. Los ojos son los del muchacho triste de Lorenzo Lotto.
Enla Gallerie dell’Accademia de Venezia el joven de Lotto interrumpe su lectura. Algo le hace levantar la mirada del libro que tiene entre las manos. Sus ojos están dirigidos a nosotros, pero no nos ven. Desde un lugar de Venezia, un joven de tez pálida parece recordar los tiempos en que la rosa florecía. Lorenzo Lotto, quien fuera llamado por uno de sus contemporáneos "la flor más rara del Renacimiento", nos ve desde los ojos de este muchacho. De la rosa, queda el recuerdo de su belleza. En el presente, los pétalos ocupan el primer plano del cuadro.
Hay quienes consideran a Lorenzo Lotto uno de los pintores más complejos del Renacimiento. Su vida solitaria, melancólica y en permanente mudanza contribuyó con esa complejidad. Así, él le imprime a su pintura la extrañeza que ofrece mirar el mundo desde una sostenida errancia y una prolongada soledad. Si en vida nadie dijo una palabra que lo enalteciera, después de su muerte, sólo el silencio y la ingratitud hablaron de él. Olvido e indiferencia lo acompañaron por más de trescientos años. Y es a Bernard Berenson a quien le debemos el descubrimiento del pintor veneciano. La palabra es la justa. En su monografía sobre Lotto, publicada en 1895, Berenson nos descubrió el arte de este pintor que pareciera no haber existido nunca.
Lorenzo Lotto nació en Venezia alrededor de 1480. Es aproximadamente tres años menor que Giorgione y alrededor de diez años mayor que Tiziano. Pero mientras estos dos llegaron ala Serenissima para encontrar en ella acogida y residencia, del veneciano sabemos que para 1498 se encontraba ya en Treviso. Bergamo, Ancona, Recanati y Roma son algunas de las ciudades en las que vive. En 1525 y en 1540 regresa a su ciudad natal. Y en ambas oportunidades, la abandona con un profundo desencanto. La primera vez prolongó su estadía por siete años; en la segunda, sólo un par de ellos fueron necesarios para emprender la huida y la renuncia que tanto conocía. Dicen que era difícil relacionarse con él, sin duda ha debido serlo. Tanto, que encuentra desahogo y compañía en una especie de diario que escribe entre 1538 y 1553. El Libro di spese diverse es un documento que no sólo nos revela sus modestos gastos y precarios ingresos, ante todo y sobre todo, en estas páginas retrata su época y encuentra en este cuaderno el lienzo más fino sobre el cual dejar testimonio de su vida y alma atormentada. Muere en Loreto, según dicen, a finales de 1556 o a principios de 1557. Lorenzo Lotto abandona esta vida de la misma forma como llegó a ella. Nace y muere en fecha imprecisa. No será un día determinado del año que llevaremos flores a su lápida.
Los retratos de Lorenzo Lotto han sido comparados reiteradamente con los de Tiziano. A pesar de la contemporaneidad, de tener conocidos comunes como Aretino y haberse topado eventualmente en Venezia, no es fácil encontrar puntos de referencia para establecer esa afinidad. Lotto retrata personajes que no pertenecen al poder y a la nobleza de los retratados por Tiziano. Y mientras Tiziano pinta la arrogancia y la satisfacción personal de los poderosos, Lotto retrata las inseguridades y el desconcierto del hombre. Los personajes de Lotto no hacen la historia; ellos tienen suficiente con la suya propia.
Dicen que el joven dela Accademia de Venezia fue pintado en 1527. De él desconocemos casi todo. Principalmente su nombre. Algunos estudiosos afirman conocer la identidad del muchacho. Hay quienes aseguran que se llamaba Alessandro Cittolini. Otros sostienen que se trata de Vincenzo Frizier, joven gobernador del hospital de San Giovanni y Paolo en Venezia, pero también se declara que era uno de los Rovere de Treviso pues allí se encontró el retrato en 1920. Los diversos intentos por conocer el nombre del personaje parecen sólo haberle ofrecido discutidas identidades a quien la perdió hace mucho tiempo. Lotto y algunos de sus retratados comparten el olvido como destino. El joven de la Accademia perdió su nombre, pero no su mirada. Y recordamos que Leonardo, el de Vinci, apuntó que "el ojo es la ventana del alma". ¿Será por esto que se intenta descubrir la identidad de ese rostro? ¿Acaso conocer el nombre del muchacho sería la posibilidad de verlo a él sin vernos en él? Una mirada vale más que cien palabras juntas. Así dicen.
Por los ojos nos llega el desconcierto. Tanto, que es difícil no recordar cómo Malte Laurids Brigge entrenó su nueva visión. Para aprehender lo que veía, el personaje de Rilke describió y enumeró lo que tenía ante sí. La descripción hizo más amable y menos extraño el miedo que lo sofocaba. "He visto. He visto…", dice Malte. Y cómo no acordarse de las palabras de Panofsky cuando afirma que toda lectura iconográfica comienza con la descripción de la imagen. ¿Qué vemos? Esa es la pregunta que se nos deja en las manos. La respuesta está en nuestros ojos. Toda lectura de imágenes comienza por una mirada: la nuestra. Aprender a ver es contar de nuevo las historias que siempre se han narrado. Siempre las mismas. Siempre distintas. La diferencia entre ellas está en los ojos que ven; en el alma de quien cuenta. Ver es entrar en las imágenes y salir de ellas con las primeras
En
Hay quienes consideran a Lorenzo Lotto uno de los pintores más complejos del Renacimiento. Su vida solitaria, melancólica y en permanente mudanza contribuyó con esa complejidad. Así, él le imprime a su pintura la extrañeza que ofrece mirar el mundo desde una sostenida errancia y una prolongada soledad. Si en vida nadie dijo una palabra que lo enalteciera, después de su muerte, sólo el silencio y la ingratitud hablaron de él. Olvido e indiferencia lo acompañaron por más de trescientos años. Y es a Bernard Berenson a quien le debemos el descubrimiento del pintor veneciano. La palabra es la justa. En su monografía sobre Lotto, publicada en 1895, Berenson nos descubrió el arte de este pintor que pareciera no haber existido nunca.
Lorenzo Lotto nació en Venezia alrededor de 1480. Es aproximadamente tres años menor que Giorgione y alrededor de diez años mayor que Tiziano. Pero mientras estos dos llegaron a
Los retratos de Lorenzo Lotto han sido comparados reiteradamente con los de Tiziano. A pesar de la contemporaneidad, de tener conocidos comunes como Aretino y haberse topado eventualmente en Venezia, no es fácil encontrar puntos de referencia para establecer esa afinidad. Lotto retrata personajes que no pertenecen al poder y a la nobleza de los retratados por Tiziano. Y mientras Tiziano pinta la arrogancia y la satisfacción personal de los poderosos, Lotto retrata las inseguridades y el desconcierto del hombre. Los personajes de Lotto no hacen la historia; ellos tienen suficiente con la suya propia.
Dicen que el joven de
Por los ojos nos llega el desconcierto. Tanto, que es difícil no recordar cómo Malte Laurids Brigge entrenó su nueva visión. Para aprehender lo que veía, el personaje de Rilke describió y enumeró lo que tenía ante sí. La descripción hizo más amable y menos extraño el miedo que lo sofocaba. "He visto. He visto…", dice Malte. Y cómo no acordarse de las palabras de Panofsky cuando afirma que toda lectura iconográfica comienza con la descripción de la imagen. ¿Qué vemos? Esa es la pregunta que se nos deja en las manos. La respuesta está en nuestros ojos. Toda lectura de imágenes comienza por una mirada: la nuestra. Aprender a ver es contar de nuevo las historias que siempre se han narrado. Siempre las mismas. Siempre distintas. La diferencia entre ellas está en los ojos que ven; en el alma de quien cuenta. Ver es entrar en las imágenes y salir de ellas con las primeras
palabras de un cuento que escuchamos en el silencio de unos ojos sin brillo.
Todo rostro cuenta una historia. Y en el joven dela Accademia vemos retratada la ausencia que se ha hecho presente en el recuerdo del muchacho. A sus espaldas Lotto coloca la música y la poesía que proceden del laúd. Atrás lo perdido, como perdida está Eurídice para Orfeo. Atrás el azul y la claridad de un cielo que Lotto pone en correspondencia con el chal que desordenadamente está sobre la mesa. La luz y el verde de un paisaje de estación incierta contrastan con la oscuridad interior en que se encuentra el muchacho. Desde una habitación semioscura nos miran unos ojos tristes. En ellos vemos la serenidad que llega después de la desesperación. Al frente, el vacío de la inseguridad. Una inquieta tranquilidad se desprende de esta mirada detenida en un momento del pasado. Acompañando este instante, y en espera de ser observada, la lagartija levanta la cabeza buscando la atención del joven que no se ha percatado de su presencia. Ella es símbolo de transformación y de experiencias de vida en las que cambiar de piel o dejar la piel es expresión de su naturaleza. Muerte y renacimiento, metamorfosis y mudanza son maneras distintas de aludir a ella; un alma en búsqueda de un poco de luz. Una extraña relación se establece en este inquietante triángulo de miradas. Mientras la lagartija mira al muchacho, él mira hacia nosotros, y nosotros, detenemos la mirada sobre ambos. Los retratos de Lotto poseen una riqueza simbólica que dicen más del retratado que el mismo nombre que el tiempo se encargó de olvidar.
Lorenzo Lotto entra en la habitación del muchacho interrumpiendo su lectura. ¿Acaso entró sin ser anunciado? El joven levanta la vista del libro, mientras, sus dedos continúan hojeando las páginas del volumen abierto que tiene entre las manos. El retrato recuerda esas fotos tomadas para marcar un momento de la vida: entre un antes y un después, unos ojos que dejan entrever fragmentos sospechados de experiencias vividas. Entre lo que queda a las espaldas y lo que todavía no se ve con claridad, el retrato de una mirada y muchas incertidumbres.
La palidez del joven contrasta con la oscuridad que lo viste y rodea. Su rostro es tan blanco que parece de cera. Sin embargo, la expresividad de las facciones nos aleja de la mascarilla funeraria que dio origen al arte del retrato. En sus rasgos demacrados vemos la imagen de una nostalgia que vive en el recuerdo del amante. En los pétalos, la rosa que continúa viviendo después de muerta. "El decidido caer de los pétalos / suena en el borde de la chimenea como un tímido aplauso. / ¿Aplauden al tiempo, que tan tiernamente las mata? /… / Mira, las más encendidas se han ennegrecido, / y la palidez se apoderó de las más pálidas. /" (Rilke).
La luz del retrato no entra por la ventana que está a las espaldas del muchacho. Son los blancos los que le dan al cuadro una luminosidad fría, casi espectral, que profundiza el melancólico misterio del desconocido. Y es justamente en estos blancos que vemos el segundo triángulo dentro de la obra. En la base, la diagonal que va de las manos y los puños de la camisa blanca pasando por las páginas del libro abierto, en el vértice, la palidez del rostro del joven. El diálogo entre el libro y el rostro y la metáfora del rostro como libro es uno de los motivos clásicos de la tradición literaria: "Tu rostro, mi señor, es como un libro donde el hombre / puede leer extrañas cosas" (Shakespeare). El muchacho que lee es el mismo en el que nosotros leemos. En un lugar conocido de Venezia veo en unos ojos que llevo muy dentro de mí.
Todo rostro cuenta una historia. Y en el joven de
Lorenzo Lotto entra en la habitación del muchacho interrumpiendo su lectura. ¿Acaso entró sin ser anunciado? El joven levanta la vista del libro, mientras, sus dedos continúan hojeando las páginas del volumen abierto que tiene entre las manos. El retrato recuerda esas fotos tomadas para marcar un momento de la vida: entre un antes y un después, unos ojos que dejan entrever fragmentos sospechados de experiencias vividas. Entre lo que queda a las espaldas y lo que todavía no se ve con claridad, el retrato de una mirada y muchas incertidumbres.
La palidez del joven contrasta con la oscuridad que lo viste y rodea. Su rostro es tan blanco que parece de cera. Sin embargo, la expresividad de las facciones nos aleja de la mascarilla funeraria que dio origen al arte del retrato. En sus rasgos demacrados vemos la imagen de una nostalgia que vive en el recuerdo del amante. En los pétalos, la rosa que continúa viviendo después de muerta. "El decidido caer de los pétalos / suena en el borde de la chimenea como un tímido aplauso. / ¿Aplauden al tiempo, que tan tiernamente las mata? /… / Mira, las más encendidas se han ennegrecido, / y la palidez se apoderó de las más pálidas. /" (Rilke).
La luz del retrato no entra por la ventana que está a las espaldas del muchacho. Son los blancos los que le dan al cuadro una luminosidad fría, casi espectral, que profundiza el melancólico misterio del desconocido. Y es justamente en estos blancos que vemos el segundo triángulo dentro de la obra. En la base, la diagonal que va de las manos y los puños de la camisa blanca pasando por las páginas del libro abierto, en el vértice, la palidez del rostro del joven. El diálogo entre el libro y el rostro y la metáfora del rostro como libro es uno de los motivos clásicos de la tradición literaria: "Tu rostro, mi señor, es como un libro donde el hombre / puede leer extrañas cosas" (Shakespeare). El muchacho que lee es el mismo en el que nosotros leemos. En un lugar conocido de Venezia veo en unos ojos que llevo muy dentro de mí.
Marina Gasparini. Ensayista
